3. Las miradas de los niños, niñas y jóvenes sobre ellos mismos, su realidad y la participación[1].

 
     
 

3.1. Cómo se ven y cómo ven que los ven

Uno de los aspectos que más determina la manera de relacionarse con los demás es la percepción, imagen o idea que se tiene de sí mismo y del otro, al igual que lo que creemos que los demás piensan de nosotros. Esto es de suma importancia, pues se parte de entender que el derecho a la participación se sustenta en un tipo de relaciones que establecen los niños, niñas y jóvenes entre sí y con los adultos, basado en el reconocimiento mutuo como sujetos de derechos, es decir como personas que en sí mismas poseen derechos que tienen que ser respetados entre unos y otros y que sobre esa base de respeto interactúan entre sí.

[1] El desarrollo de este capítulo es una síntesis y lectura que retoma varios ejercicios realizados con los niños, niñas y jóvenes antes y durante el Campamento.

En primer lugar, el taller que realizaron como grupo, no sólo los participantes en el evento, en sus sitios de origen respondiendo a las siguientes preguntas y para lo cual, cada grupo recurrió a diferentes metodologías definidas por ellos mismos:

 

  1. ¿Qué piensan los adultos de nuestro municipio, barrio o vereda acerca de nosotros los niños, niñas y jóvenes? ¿Que pensamos los niños, niñas y jóvenes de nosotros mismos?

  2. Al recordar nuestros derechos ¿cómo vemos la situación de los niños, niñas y jóvenes en nuestro municipio, barrio o vereda? ¿Por qué?

  3. ¿Cómo vivimos nuestro derecho a la participación en el grupo?

 

En segundo lugar, la actividad: Mitos y creencias sobre la niñez y la juventud, realizada en el campamento. Finalmente, algunos aportes escritos por los niños, niñas y jóvenes en los murales de expresión libre dispuestos en diversos sitios del campamento.

 

No sólo los adultos son sujetos de derechos, también lo son los niños, niñas y jóvenes. Así lo ha venido entendiendo la humanidad, como se refleja en la Convención Internacional de los Derechos del Niño, y también los colombianos, al ratificar dicha Convención[2] y al aprobar la Ley de la Infancia y la Adolescencia (ley 1098).[3] En esta afirmación se sustenta el derecho a la participación y sólo desde allí es posible una participación auténtica, pues en ella “se superan aquellas legislaciones, intervenciones, imágenes y relaciones basadas en la incapacidad, la invalidez, la minoría y la situación irregular, por las cuales se ha recurrido históricamente al proteccionismo, la representación y el control. La mirada sobre el niño, la niña y el/la adolescente como simples receptores o beneficiarios de la oferta pública o privada de servicios, objetos de la caridad o la protección, es replanteada y surge una nueva perspectiva donde las necesidades se transforman en derechos, la discrecionalidad en promoción del desarrollo progresivo de la autonomía y la minoridad en ciudadanía. En síntesis, se les reconoce a los niños, niñas y adolescentes la titularidad de sus derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales[4]”.

[2] Ley 12 de 1991.

[3] El artículo 3 dice: son sujetos titulares de derechos todos los menores de 18 años. Y uno de los artículos centrales de la ley, el artículo 7, afirma: “Se entiende por protección integral de los niños y adolescentes el reconocimiento como sujetos de derechos, la garantía y cumplimiento de los mismos, la prevención de su amenaza o vulneración y la seguridad de su restablecimiento inmediato en desarrollo del principio del interés superior”.

 

Empecemos por acercarnos a descubrir ¿Cómo perciben los niños, niñas y jóvenes participantes de este proyecto, que los ven los adultos? ¿Qué creen que piensan de ellos?

[4] RESTREPO, Hernán. Niños, niñas y adolescentes sujetos de derechos. Aporte de la Mesa de Participación, al análisis de este concepto en el marco del proceso de planeación estratégica de Redani – 2007.

 

¡Cuántas formas de ser mirados encontraron! Algunas que los reconocían y valoraban, pero también otras que, como aquellos espejos que hay en algunos parques recreativos, reflejan una imagen distorsionada y deformada de la realidad.  

Una primera mirada que aparece es aquella que ve a la niñez y a la juventud, como la base fundamental de la familia y de gran importancia para la comunidad; “son la alegría de los padres”, “son personas capaces, talentosas, creativas, alegres, amigables, solidarias, cariñosas, inteligentes”, “¡que incluso saben más cosas que ellos a su edad!” y que “necesitan más educación, recreación, afecto y comprensión”.

 
 

 
 

Otros adultos interrogados por la mirada inquieta de niños y niñas, resaltan la importancia de que los niños sean escuchados, que puedan opinar y ser tenidos en cuenta para tomar decisiones, que puedan desarrollarse como personas y gozar de su condición de niñez. Además reconocen la importancia de que establezcan un diálogo con los mayores, ya que es posible construir puntos de encuentro.

 
 

 
 

Miradas que reconocen a niños, niñas y jóvenes como “seres con valores, derechos y que merecen ser tenidos en cuenta en lo que son en el hoy”, como “seres que poseen unas lógicas y unas formas particulares de relacionarse con el mundo y de apropiarse de él”. Desde esta perspectiva, adultos, niños y jóvenes establecen relaciones desde el reconocimiento, la escucha, el diálogo, la equidad.

 
 

Un día, en el Expreso Soria Monteverde, vi subir a un hombre con una oreja verde. Ya joven no era, sino maduro parecía, salvo, la oreja que verde seguía. Me cambié de sitio para estar a su lado y observar el fenómeno bien mirado. Le dije: Señor, Usted, tiene ya cierta edad, dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad? Me contestó amablemente: yo ya soy persona vieja, pues de joven sólo tengo esta oreja. Es una oreja de niño, que me sirve para oír cosas que los adultos nunca se paran a sentir: oigo lo que los árboles dicen, los pájaros que cantan, las piedras, los ríos y las nubes que pasan, oigo también a los niños, cuando cuentan cosas que a una oreja madura, parecerían misteriosas. Así habló el Señor de la oreja verde aquel día, en el Expreso Soria Monteverde[5].

Gianni Rodari

 

 

 

 

 

 

[5] Publicado en la Revista Estrada. Marzo-Abril- Mayo- 1992.

 

Otra mirada en cambio, es incapaz de leer los gustos y estéticas propios de niños y jóvenes, asignando una valoración errónea a partir de sus formas de vestir o de llevar el cabello: “los adultos piensan que me visto mal;  que como uso pearcing soy rebelde y desobediente; que porque llevo el pelo largo y pintado siempre hago lo que me da la gana”.

 
 

Desde un punto de vista similar al anterior, hay una mirada que los ubica como un problema, que ve en ellos todas las problemáticas sociales y familiares, violencia, drogadicción, prostitución, etc.: “muchos piensan que somos personas dañinas a la sociedad, que somos un caso perdido”; una serie de calificativos que opacan e invisibilizan las causas de los conflictos y de las problemáticas sociales, confundiendo el lugar de los niños, niñas y jóvenes y des-responsabilizando a los verdaderos agentes del conflicto social. 

Aparecen otra serie de expresiones para señalar aspectos negativos que ven los adultos en niños y jóvenes: “groseros”, “rebeldes”, “cansones”, “callejeros”, “irrespetuosos”, “peleadores”, “desaseados”, “malcriados”, “irresponsables”, “insoportables”, “envidiosos”, “interesados”, “marihuaneros”. O el uso de palabras insultantes: “idiotas”, “feos”, “estúpidos”, “hijueputicas”, “brutos”, “maricas”, “locos”, “bobos”, “ladrones”. 

 
 

Otra mirada que encontraron los niños y jóvenes, es aquella que les teme, que considera que cuando crecen, “se vuelven malos”. Otros temores tienen que ver con el ejercicio de su sexualidad: “piensan de nosotros los jóvenes que somos muy perros, que no respetamos la virginidad de las niñas, que somos prepagos…”.

 
 

De otro lado, se encuentran expresiones que muestran que son mirados como “menores”, como seres incapaces, en falta y que ubica una brecha generacional que impide el diálogo, el encuentro entre ellos y los adultos: “son pequeños e incapaces y son personas que no deben estar en las conversaciones de los demás porque son menores y no saben de nada”. 

Miradas incapaces de ver a los niños, niñas y jóvenes como seres humanos, lo cual lleva a preguntarse: ¿Qué tipo de configuración social, institucional y familiar se esconde tras estas expresiones? Por qué el malestar con los niños y jóvenes, y no con el tipo de sociedad en el que se están constituyendo, que los invisibiliza, que les niega sus derechos, que les cierra espacios de actuación y desarrollo, y que en muchos casos los deshumaniza negándoles sus derechos.

 
 

 
 

Minimizados por la familia, las instituciones sociales, por los medios de comunicación, en fin, por buena parte de la sociedad, niños y jóvenes demuestran que no son esos seres bonsái, y que si en alguna lugar hay pequeñez, es en las mentes de adultos y demás personas que son incapaces de verlos, como lo representaron los integrantes del Grupo Ciencia Traviesa de la Institución Educativa Madre Laura: “Querida, agrandé al niño”, en el que se problematiza una película muy conocida, cuyo nombre y contenido da cuenta de la concepción que de niñez y juventud circula entre los adultos.  

 
 

Los niños y jóvenes del grupo “los descomplicados” crearon una máscara, llamada el Murciego: “este animal es ciego, se guía por ondas sonoras: como muchos jóvenes que se dejan llevar por lo que dicen de ellos; además si desconocen sus derechos, tampoco saben a dónde ir. Vuela con aparente libertad, pero se detiene ante pequeños obstáculos; como muchos jóvenes que hacen intentos por progresar y se desaniman ante pequeños inconvenientes. Aunque muchos le temen por su apariencia, son frágiles… finalmente son solitarios, casi nadie considera sus beneficios y aún, muchos no los conocen realmente”.  

Este problema de percepción que ha caracterizado las formas de relación que establecemos como seres humanos, invita a aceptar la profunda necesidad que tenemos de abrirnos al otro, de escuchar quién es ese otro: ¿quiénes son los niños, niñas y jóvenes?, ¿cómo dialogar con ellos y ellas sin que se convierta en otra forma de colonización en la que les impongamos nuestros valores y creencias?, ¿qué exigencias nos plantea la importancia de reconocerlos como sujetos, como seres humanos que al igual que los adultos, son seres inacabados?

 
 

Como lo refleja la figura del Murciego, otro asunto fundamental, tiene que ver con el desconocimiento que de los derechos tienen niños, niñas y jóvenes. Este asunto es para ellos y ellas una situación de ceguera, de sinsentido, la cual los despoja de su norte y de su rumbo, y los enfrenta a una situación de “fragilidad”, de vulnerabilidad en un contexto de creciente individualidad, de sálvese quién pueda, en el que la condición de niñez y juventud se respeta cada vez menos y la vida digna, para muchos, ya no se considera un derecho ni un valor.    

 
 

Otro personaje que eligieron para representar cómo se sienten percibidos, fue el perro, puesto que “las determinaciones las toman los padres, como les pasa a los perros con sus amos”. (Grupo Ying-Yo). Esta afirmación da cuenta en primer lugar, que no se sienten reconocidos como seres humanos, lo cual impide que se establezca una relación equitativa e igualitaria con los adultos: la figura de “amo”, es una figura que denota poder de alguien sobre alguien, una relación de dominación, de servilismo, de autoridad y poder que puede devenir en autoritarismo y opresión, una idea de que alguien le pertenece a alguien.  

Un “amo” y su “perro”. ¿Serán una síntesis de lo que, en muchos casos, continúan siendo las relaciones de poder al interior de la familia, de la escuela o de la comunidad? Sigue pendiente un análisis profundo del tipo de relaciones en el que ser niño, niña o joven, a pesar de los discursos y las buenas intenciones, continúa siendo una condición de desventaja en la que se es inferior, indigno, incapaz, insuficiente para estar a la altura del otro.

 
 

¿Será posible desprenderse de la ceguera que no nos impide ver y reconocer a la niñez y a la juventud de nuestro departamento y de nuestro país? ¿Qué pasaría si los viéramos diferente, como lo que son en realidad? ¿Podríamos relacionarnos mejor adultos y niños? ¿Podríamos construir juntos una nueva sociedad?

 
 

Pero, ¿qué piensan los niños y jóvenes de ellos mismos? O como diría Melucci, sociólogo y psicólogo estudioso de los movimientos sociales y de las formas de acción colectiva: “No confío en lo que los expertos afirman sobre los jóvenes. Los jóvenes son expertos en sí mismos, son los únicos que pueden informarnos acerca de lo que les está ocurriendo y lo que está cambiando en su cultura, en su modo de ser y en sus relaciones con la vida y la realidad”[6] 

Así que un primer concepto de niños y jóvenes sobre sí mismos, tiene que ver con su sentido de compromiso social con el desarrollo y la solución de problemáticas que afectan a sus comunidades, como lo expresan los Reporteritos de la revista Caja Mágica de Malagana, Bolívar: “Somos parte fundamental del desarrollo del municipio”, “por medio de las actividades que realizamos desarrollamos habilidades en otros jóvenes”. En este sentido, los niños, niñas y jóvenes se reconocen como seres portadores de ideas, experiencias, talento y capacidades que están dispuestos a poner al servicio de sus pares y de sus comunidades.

 

 

 

 

[6] Vivencia y convivencia: teoría social para una era de la información / Alberto Melucci; edición de Jesús Casquette; traducción de Jesús Casquette y José Luis Iturrate. -- Madrid : Trotta, cop. 2001.

 

Otra de las características que reconocen en ellos y ellas, es que tienen valores que los hacen únicos: “inteligentes”, “buenos compañeros”, “cariñosos”, “amorosos”, “creativos”, “educados”, “optimistas“, “luchadores“, “amistosos“; “les gusta conocer“, “aventuriar” “opinar“, “aprender cosas nuevas“, “disfrutar la vida“, “divertirse, jugar, soñar, crecer“. Se reconocen como “personas valiosas“, “íntegras“, “con capacidades para emprender lo que nos proponemos y construir nuestros propios proyectos“. De igual manera, reconocen que en algunos momentos son “necios“, “traviesos“,   “peleadores” y  “a veces hacemos maldades“. 

 
 

También se reconocen como seres humanos que tienen derechos, entre los cuales mencionan: “tenemos derecho a una infancia feliz“,“a tener un buen hogar“,“a que nos garanticen la educación“,“la vivienda digna“,“la alimentación“,“la vida en armonía y paz“. “tenemos el derecho a que nos traten bien”; además de identificar algunas de sus necesidades: “mayores oportunidades y espacios de participación“, “acompañamiento y orientación de los adultos“.

 
 

Tienen la convicción de que desde los espacios de participación que han ido construyendo, han podido recuperar su voz, conquistar su palabra y han generado transformaciones y cambios significativos en la forma como los perciben los adultos y en sus realidades más cercanas.  La idea de que es posible construir otro futuro, de que el cambio social es viable, acompaña esta convicción. 

En cuanto a la percepción que tienen de los adultos, consideran que no los apoyan ni acompañan. “A veces nos sentimos muy solos”, “no están de su parte” y “no comprenden como pensamos”.  Sienten que los adultos les exigen un comportamiento adulto, que no es acorde con su edad y que constantemente están señalando lo negativo de sus acciones. Por último, algunos creen que ser adultos, es la única forma de que les sean respetados sus derechos y de ser felices: “hay niños quieren ser adultos para tener importancia y para que se les respeten sus valores”.

 
     
 

3.2.  Cómo ven su realidad

 
 

 
 

Cuando se habla del mundo infantil y juvenil, hay quienes lo relacionan con un mundo fantástico, irreal, lleno de hadas, dragones, monstruos… otros seres y otras realidades tal vez un poco ajenas a la cotidianidad adulta. Y en parte tienen razón: ser niño o joven hoy en el contexto colombiano tiene para muchos, connotaciones y características, que de lo crudas, parecen irreales e inimaginables.   

En las reflexiones generadas por los niños, niñas y jóvenes provenientes de las diversas regiones y experiencias, es contundente la identificación de problemáticas sociales que vienen afectando su condición de niñez y juventud; enfrentándolos a la resolución de situaciones heredadas de los otros: el estado, la institucionalidad, la sociedad en general y la familia, quienes son los responsables de velar por la defensa y la garantía de sus derechos, quienes además han demostrado sus limitaciones para que la situación de la niñez y la juventud sea más digna, equitativa, incluyente, humana.

 
 

“Algunos jóvenes, niños y niñas se pierden en las drogas, la prostitución y en el abandono, con embarazos no deseados, en riesgo de vida y muerte por causa de abortos y otros factores como la violencia intrafamiliar, el desplazamiento y las pocas oportunidades laborales, además el alcoholismo y las enfermedades de transmisión sexual que cada día aumentan” (Grupo Teatral Caritas Mimadas, Municipio de Zaragoza - Antioquia). 

Otras situaciones como “la pobreza tan extrema”, “la inequidad”, “la falta de oportunidades”, “la violación de los derechos por parte del estado”, “la impunidad”, que constituyen formas sistemáticas que limitan la garantía de los derechos y van minando la esperanza. “En el municipio vemos niños trabajando, ejerciendo la mendicidad, desescolarizados, desnutridos. Cada día que pasa la situación es más difícil, cada vez se atenta más en el no cumplimiento de sus derechos; se les maltrata, se les ignora, se les viola sexualmente. (Grupo Los Canguros, Fundación El Maná, Municipio La Ceja - Antioquia).

 
 

La falta de espacios educativos, recreativos y culturales que permitan el desarrollo equitativo de los municipios y comunidades, hacen parte de la imagen que tienen de su realidad, niños, niñas y jóvenes: “tenemos derecho a una educación con calidad y falta mucho, especialmente educación superior e igualdad oportunidades en un municipio apartado y pobre”. (Club Amigos de la Ciencia, Municipio San Pedro de Urabá – Antioquia). 

La familia también es para ellos y ellas otro espacio en el que no hay igualdad de oportunidades, donde falta afecto y comprensión, donde hay un escaso reconocimiento de las habilidades y valores de niños y jóvenes y donde se vivencian situaciones que atentan contra sus derechos (a la vida, a la educación, a una nutrición adecuada, al respeto, a su integridad física y moral, a un hogar, a no ser separado de sus padres, al buen trato, a la participación), empezando por el desconocimiento que tienen los adultos frente a sus derechos:

 
 

“Muchos niños son maltratados, agredidos, golpeados; tienen que hacerse cargo de los hermanitos y se les niega el derecho a jugar, a estar en grupos (recreación y deporte), los adultos desconocen sus derechos”. (Grupo Constructores de Paz de la Fundación Solidaria la Visitación  de Medellín)… “Además de la pérdida de su condición de niñez, no pueden jugar, crecer al lado de sus padres, acceder a oportunidades”. (Grupo Los Canguros, Fundación El Maná, Municipio La Ceja – Antioquia).

"La extorsión, el insulto, la amenaza, el coscorrón, la bofetada, la paliza, el azote, el cuarto oscuro, la ducha helada, el ayuno obligatorio, la comida obligatoria, la prohibición de salir, la prohibición de decir lo que se piensa, la prohibición de hacer lo que se siente y la humillación pública... Son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia.

Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo".

Los derechos humanos tendrían que empezar por casa, me comenta, en Chile, Andrés Domínguez.

Eduardo Galeano.

 
     
 

 3.3.  Cómo ven y cómo viven la participación

 
 

Entre los niños, niñas y jóvenes participantes en el Campamento Sonrisas y Sueños reflejan una vivencia activa de la participación, haciendo parte de diversos espacios organizativos y formativos, en los que tienen la posibilidad de construir proyectos en común, expresar sus puntos de vista, tomar decisiones en conjunto, establecer relaciones de diálogo y proyectarse a la comunidad con iniciativas que contribuyan a su desarrollo: “participamos opinando, sintiéndonos útiles, expresando ideas, eligiendo y dando propuestas, participando de manera libre. Vivimos la participación en todo lo que hacemos”. (Grupo Los Canguros, Fundación El Maná, Municipio La Ceja – Antioquia).

 
 

 
 

También a partir de la gestión de recursos que les posibiliten el desarrollo de actividades y la socialización de los logros y resultados de los proyectos colectivos: “participamos gestionando ante entidades para la realización de actividades y eventos, para la divulgación en la emisora”. (Reporteritos Revista Caja Mágica, Corregimiento de Malagana – Mahates, Bolívar). 

De igual manera, viven su derecho a la participación en sus espacios cotidianos, desde el reconocimiento y aceptación de ellos mismos y el profundo respeto de los otros, sin discriminarlos ni excluirlos por razones de ninguna índole: “vivimos nuestro derechos a la participación conviviendo, sin discriminar por razones de religión, raza, estrato, filosóficas. Aceptando lo que somos”. (Grupo Conviviendo: Formación en valores, Fundación Solidaria La Visitación, Municipio de Medellín).

 
 

 
 

Desde el respeto a la palabra del otro y promoviendo la generación de relaciones más democráticas, equitativas y justas. Desde la ética del cuidado de sí mismos, a partir de la incorporación de comportamientos saludables a su vida, así como también, de la sana costumbre de opinar, poner en común sus ideas y aportar propuestas; ejerciendo su libertad, eligiendo, poniendo en escena lo que son, piensan y sienten: “participamos compartiendo con los demás, haciendo parte de las actividades y en los juegos, ayudando a  las personas que están necesitando ayuda, respetando la palabra de los demás, pidiendo la palabra, cuidando nuestro entorno, manteniendo comportamientos saludables”. (Programa biblioteca abierta, Fundación Educativa Soleira, Municipio de La Estrella – Antioquia). 

Y finalmente, denunciando las situaciones de violación de sus derechos, desde sus estéticas, desde espacios como el teatro, la música y la danza que a la vez que representan la realidad, la transforman llenándola de vida y de esperanza: “participamos denunciando violencia intrafamiliar desde el teatro”. (Grupo Teatral Caritas Mimadas, Municipio de Zaragoza - Antioquia).